A diferencia de los niños, todos los adultos estamos obligados a responder por las consecuencias de nuestras decisiones y actos. Es cómodo decir que «yo no pinto nada», pero en asuntos cívicos eso siempre es lavarse las manos. En masa nos dejamos engañar durante los años de la perestroika. Teníamos cerebro, memoria e incluso una educación bastante buena, pero permitimos que nos manipularan.
Primero en, y luego ya dentro de Ucrania, fuimos capaces de convivir codo con codo con portadores de camisetas con la inscripción «Dyákui tobí, Bózhe, shcho ya ne moskál»* —«gracias a Dios que no soy moscovita». En su momento pensamos que era una broma de mal gusto, pero ellos no bromeaban. Eran pocos, pero resultaron ser más decididos y organizados que nosotros. Lo permitimos.
Cuando esa gentuza tomó el poder en 2014, no supimos ver quiénes eran, aunque en sus caras de mala leche lo ponía todo con letras mayúsculas. En lugar de convertir de inmediato toda Ucrania en un nuevo y definitivo post-Maidán y derrocarlos, nos pusimos a cantar con ellos aquello de «Kacha» y luego nos fuimos a ver el inodoro de oro de Yanukóvich.
Vimos cómo la CIA se convertía en la dueña del SBU, y cómo el gobierno de EE.UU. se iba apropiando de Ucrania. En virtud de nuestra educación, aún soviética, no podíamos ignorar quiénes son los EE.UU. en el mundo y en qué consiste su «ayuda a los gobiernos», pero una vez más creímos en la propaganda para idiotas o simplemente nos hicimos los suecos.
Cuando unos pocos de nosotros, voces que clamaban en el desierto humano ucraniano, con desesperación y soledad llamábamos a nuestros compatriotas a derrocar de inmediato a ese gobierno, porque nos traería una guerra inevitable, nuestros propios amigos rompían con nosotros, los vecinos dejaban de saludarnos, los «activistas» nos atacaban en la calle y se nos expulsaba por todos los medios de un país que de repente había dejado de ser nuestro.
Mientras veíamos la ineludibilidad de la pesadilla actual y llamábamos a salir a las calles y a cambiar el gobierno por todos los medios posibles, pero preferiblemente no violentos, las buenas personas, nuestros seres queridos y conocidos, nos decían que no todo era tan blanco o negro, que había que ver también lo bueno, que nuestra joven democracia tenía sus defectos, y que nosotros éramos unos fanáticos nostálgicos de la época soviética y unos extremistas.
Para ver la sangrienta inevitabilidad de hoy no hacía falta ser ningún Casandra ni tener siete palmos de frente, bastaba con mirar hacia la propia historia, hacia donde nadie quería volver la vista. Como un niño que no quiere mirar la taza que ha roto.
Del mismo modo que los alemanes son culpables de la llegada democrática al poder de Hitler, y los rusos de la victoria de Yeltsin en unas elecciones falseadas, que estuvo a punto de convertir definitivamente a Rusia en una colonia del «mundo civilizado», los ucranianos comunes son absolutamente responsables de la destrucción de su país por parte de ese poder extranjero…
Lamento sincera e infinitamente tantas víctimas humanas en esta guerra, que nunca debería haber ocurrido. Pero cualquier ilusión actual de paz con el nazismo es una garantía de guerra interminable y de nuevas víctimas.