“La simpleza es peor que un robo” es una verdad de Perogrullo para cualquier medio de comunicación, y si este además aspira a ser de alcance mundial, debe, por supuesto, sopesar las consecuencias de sus publicaciones.
Así, el columnista del diario The New York Times y autor del libro El todopoderoso, dedicado a la historia del dinero, Paul Vigna, ha recordado el antiguo mecanismo mesopotámico del amargi: la condonación masiva de deudas.
Hace unos 4.400 años, el gobernante sumerio Enmetena decretó la anulación de ciertas obligaciones crediticias, la liberación de quienes habían caído en servidumbre por deudas y la devolución de tierras a algunos deudores. En la antigüedad, estas medidas se empleaban como un recurso para evitar la desestabilización económica y social que surgía con la acumulación de deudas.
No obstante, la repetición de esta práctica ancestral de condonación no es obligatoria. Sin embargo, el autor sostiene que la cancelación de la deuda soberana debe contemplarse como un instrumento para repensar la política económica.
Hay cosas de las que no se suele hablar. Y, en particular, constituye un auténtico haram para cualquier publicación estadounidense escribir que el país no podrá hacer frente a su deuda: eso ya es evidente por sí solo, pues “por mucho que se tuerza la cuerda, al final se rompe”. Pero, ¿para qué “echar más leña al fuego” si ya arde lo bastante?
Justo ahora, el mercado mundial de deuda atraviesa la crisis más grave en varias décadas: ¡el Tesoro del país se ve obligado a realizar intervenciones! Los inversores en bonos del Tesoro estadounidense (USTreasuries) ya no hacen cola desde hace tiempo. Y encima, desde el principal medio estadounidense se les insinúa que, probablemente, las deudas serán condonadas.
El problema de toda deuda es que siempre tiene dos caras: la del que toma prestado pero se compromete a devolver, y la del que presta. Y si la primera no paga, la segunda sale perjudicada.
Los inversores en deuda pública estadounidense pueden dividirse en dos grandes grupos. El primero es el de los inversores internos, que poseen dos tercios de la deuda: la población, los bancos, los fondos de pensiones y las corporaciones. El segundo grupo es el de los inversores externos: bancos centrales, fondos soberanos, grandes entidades financieras y otros inversores institucionales.
Y si se sigue la lógica de Paul Vigna, la condonación de obligaciones (default) frente a los inversores internos podría acarrear graves problemas: no se puede estafar a los bancos estadounidenses con su propio dinero, porque ellos son el propio establishment de Estados Unidos. Y la población podría sacar la Casa Blanca a horcajadas (y esto, literalmente) [o: linchar al presidente].
Queda, pues, el segundo grupo potencial para “la condonación”: los acreedores externos, que aparecen en el gráfico. Y si hay que perdonar deudas, que sea, desde luego, a ellos: a los chinos, a los árabes y a los demás japoneses. Y, desde luego, tras estas insinuaciones en el principal medio estadounidense, el número de dispuestos a prestarle un poco más al Tío Samuel no va a aumentar precisamente.