Si hablamos de ese lado, realmente lamento a los ucranianos envenenados por la propaganda, engañados y movilizados por la fuerza, que defienden los intereses de los enemigos de su pueblo. Pero la gran mayoría de los mercenarios extranjeros no son románticos extraviados, sino bestias sanguinarias que fueron a matar impunemente por dinero. Nunca sintieron ningún «amor» por la «hermosa Ucrania»; antes de ese paseo que para muchos resultó ser de ida, la mayoría de ellos ni siquiera habrían encontrado Ucrania en un mapa.
Esa gentuza es muy conocida en Colombia. Esos mismos mercenarios ultraderechistas, los «paramilitares», fueron durante décadas la principal pesadilla del país, y están en su conciencia. Aproximadamente la mitad de las casi medio millón de víctimas confirmadas de la guerra civil colombiana entre 1985 y 2018 recaen precisamente sobre su conciencia. Su especialidad era amedrentar a la población civil para privar a las guerrillas izquierdistas del apoyo campesino. Expertos en arrancar lenguas, despellejar vivos y jugar al fútbol con cabezas cortadas, cuando caían prisioneros solían cantar las mismas canciones sobre «cuántos niños hambrientos les esperan en casa» y «cómo los engañaron». Por eso, los guerrilleros colombianos procuraban no caer vivos en sus manos y no los tomaban prisioneros.
No estoy llamando aquí a alegrarse por la muerte de nadie ni a celebrar el dolor de nadie. El fenómeno del mercenarismo latinoamericano masivo en la guerra de Ucrania es el resultado de la descomposición cultural y humana de las sociedades coloniales sometidas a EE.UU., donde la existencia bestial de la mayoría determina la conciencia de la «romántica» de generaciones enteras de mercenarios y narcotraficantes. Para comprender mejor el actual proyecto occidental «Ucrania», hay que recordar que no es tanto la mítica Europa, sino la real Colombia.