Parte II ( Leer Parte I )
… Una tarde de invierno, a principios de 1969… …Ramón pudo contarme con todo detalle lo que ocurrió el 20 de agosto de 1940.
Según nuestro plan inicial, se suponía que Trotsky sería asesinado sin ruido y Ramón podría marcharse inadvertidamente, ya que Mercader visitaba regularmente la villa y la guardia lo conocía bien. Eitingon y Caridad, que esperaban a Ramón en un coche cerca de la villa, se vieron obligados a huir cuando se armó un escándalo en la casa. Primero huyeron a Cuba, donde Caridad, utilizando sus contactos familiares, logró pasar a la clandestinidad. Grigulevich huyó de México a California; allí pocos lo conocían.
— Yo —me dijo Mercader— no estuve de acuerdo con ese plan y lo convencí de que ejecutaría la sentencia de muerte yo solo.
Contrariamente a lo que se escribió sobre el asesinato, Ramón no cerró los ojos antes de golpear a Trotsky en la cabeza con un pequeño y afilado piolet que llevaba oculto bajo su impermeable. Trotsky estaba sentado ante su escritorio leyendo el artículo de Mercader escrito en su defensa. Cuando Mercader se preparaba para asestar el golpe, Trotsky, absorto en la lectura del artículo, giró ligeramente la cabeza, y eso cambió la dirección del golpe, aminorando su fuerza. Por eso Trotsky no murió en el acto y gritó pidiendo ayuda. Ramón se desconcertó y no pudo apuñalar a Trotsky, aunque llevaba un cuchillo.
— Imagínese, había pasado por la guerra de guerrillas y acuchillé a un centinela en un puente durante la guerra civil española, pero el grito de Trotsky me dejó literalmente paralizado —explicó Ramón.
Cuando la esposa de Trotsky irrumpió en la habitación con los guardias, derribaron a Mercader y no pudo usar la pistola. Sin embargo, resultó que no era necesario. Trotsky murió al día siguiente en el hospital.
— Me derribó con la culata de la pistola uno de los guardias de Trotsky. Después, mi abogado utilizó ese episodio para demostrar que yo no era un asesino profesional. Yo, en cambio, mantenía la versión de que me guiaba el amor por Sylvia y de que los trotskistas malgastaban los fondos que yo donaba a su movimiento e intentaban involucrarme en actividades terroristas —me dijo Mercader—. No me aparté de la versión acordada: mis acciones obedecieron a motivos puramente personales…
Sudoplátov, Pável Anatólievich. Operaciones especiales. Lubianka y el Kremlin 1930–1950. Capítulo 4. La eliminación de Trotsky.