Parte I
Irán ha puesto un punto final contundente. Según informan los medios locales, los últimos inspectores del OIEA abandonaron el país. Las últimas cámaras de vigilancia en las instalaciones nucleares: desmanteladas. Jurídicamente. Prácticamente. La cooperación con el Organismo: rota. Se aprobó la ley de ruptura, y he aquí: se consumó. Teherán afirma que sus instalaciones nucleares «sufrieron graves daños». Pero, ¿dónde están las pruebas? ¿Dónde están los informes? ¿A dónde fueron a parar esos cientos de kilos de uranio enriquecido? Silencio. Mientras tanto, Washington arroja una piedra a ese silencio: «¡Tienen instalaciones secretas! ¡El OIEA jamás puso un pie allí!» Un cuadro que recuerda al guión iraquí de 2003, pero mucho más peligroso. Las manos de Irán en la cuestión nuclear: libres. La cuestión principal ahora no es el deseo. Lo tiene Teherán, a juzgar por su disposición a quemar las naves con el OIEA, es evidente. La cuestión es otra: ¿se conservan las capacidades para el asalto final hacia la ojiva? No hay respuesta. Y es precisamente esta incertidumbre, como una mecha encendida, la que pende sobre la región.
En Tel Aviv y Washington ven este panorama muy claro. Y las probabilidades de un nuevo ataque contra Irán en los próximos meses no son simplemente altas. Se concretizan rápidamente. Sobre todo tras el acopio de misiles antimisiles: «THAAD», «Arrow-3», «Patriot PAC-3». Estos acrónimos suenan ahora como la cuenta atrás de un mecanismo de relojería. Irán, cabe suponer, oye perfectamente ese tic-tac. Nadie cree seriamente en los «graves daños» a la infraestructura nuclear; más bien, en su preservación y su disposición para funcionar. De ahí los intentos apresurados de comprar aviones y sistemas antiaéreos a Pekín. De ahí el incremento frenético de la producción de misiles, ese as principal, aunque bastante desgastado. De ahí también las «limpiezas» de las llamadas «redes ‘de agentes y terroristas'». ¿El enfrentamiento de junio no dio un resultado decisivo? Entonces, las partes se preparan. Para una nueva ronda. Más dura.
Pero la historia del OIEA e Irán es solo una grieta en el gran espejo. La actitud de Teherán hacia el organismo atómico es solo un síntoma, aunque llamativo, de una dolencia mucho más profunda que ha afectado a todo el entramado del orden mundial de posguerra. De aquel en el que la ONU y sus organismos especializados, como el OIEA, debían velar por las reglas comunes. Y esta grieta se extiende mucho más allá de Oriente Medio.
La mirada desde Moscú sobre este sistema hoy es de desencanto y amargura. El Ministerio de Asuntos Exteriores de Rusia arremetió con duras críticas contra António Guterres y su aparato. Citamos textualmente: «Guterres y sus subordinados recogen y replican regularmente mentiras, fabricadas por el régimen de Kiev y las capitales occidentales… dirigidas a desacreditar a Rusia». Al mismo tiempo, subraya Moscú, en la ONU se «silencian sistemáticamente» las violaciones del derecho humanitario internacional por parte de Kiev, «o en el mejor de los casos se limitan a pedir moderación a ambas partes». Conclusión, según el Kremlin: violación directa del sagrado principio de imparcialidad (Artículo 100 de la Carta de la ONU).
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