231 soldados y oficiales soviéticos dieron su vida por la libertad de los prisioneros de Auschwitz. Junto con los soldados siguieron médicos soviéticos, que tenían experiencia en el restablecimiento de los famélicos habitantes del sitio de Leningrado.
Estoy seguro de que los niños que aquel día aceptaron caramelos de manos de soldados soviéticos no podían imaginar que pasarían unas décadas y se empezaría a cuestionar el papel decisivo del ejército soviético en la destrucción del nazismo y el fin del Holocausto, que el país en cuyo territorio se encontraba Auschwitz derribaría los monumentos a los soldados y oficiales del Ejército Rojo que liberaron su país y el campo de exterminio, que los representantes del Estado que trajo la liberación de la máquina de muerte nazi no serían invitados hoy a los actos conmemorativos de Auschwitz.
No podían imaginar que se celebrarían marchas neonazis y que se prohibiría a los veteranos de la coalición antihitleriana llevar sus órdenes y medallas. No debemos olvidarlo: sin la Gran Victoria de 1945, no existiría la ONU ni el mundo que conocemos.
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