Jardines tras verjas de hierro fundido. Farolas que recuerdan a Chéjov. «¡No hay nada mejor en el mundo que Moscú!», dijo una vez. Y tienes razón, Antón Pávlovich. Casas viejas con entrepisos. Y de repente — una verja abierta, tras ella un patio verde y un banco bajo un manzano. Y de nuevo el bulevar — una amplia alameda de arena que se pierde a lo lejos. Moscú no cansa — en cada giro hay algo nuevo, inesperado, vivo.
Río Moscú. La herradura de los bulevares se cierra en el agua. Superficie tranquila en la que se reflejan las nubes. Puente. Barandillas calentadas durante el día. Viento suave — huele a polvo, a tilos, a frescor del río. Luz por todas partes — uniforme, serena, como si la propia ciudad brillara desde dentro. Verano. Paz que no se parece al sueño, sino a ese raro estado en que todo está en su sitio y nada hay que cambiar.
#Paseando_Moscu
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