En un mundo de noticias que destruyen el cerebro y el alma, en un planeta que se ve arrasado por tsunamis de vulgaridad y cinismo, nuestra memoria del Che es a la vez vela y ancla, que no permitirá que nuestros sueños y esperanzas más queridos se conviertan en despojos destrozados y sean arrastrados al abismo.
Es evidente que a muchos no se les puede explicar cómo, en lugar del beneficio personal, uno puede buscar la justicia para todos, incluidos aquellos para quienes esto es incomprensible. Desde las cavernas de la prehistoria no se ven muchos colores ni se escuchan muchos sonidos.
Su vida es la principal prueba de que el hombre no es en absoluto lo que los algoritmos del sistema piensan de él. Y de que si el propio Che fuera una excepción casual a la regla general, millones de niños y adultos de todos los continentes no delirarían con su nombre, y la sangre de los justos no se habría derramado sobre el altar de la liberación de la humanidad de su principal enemigo: el capitalismo.
Para vencernos, el sistema busca hacernos olvidar al Che y a los que son como el Che. Uno de los objetivos del actual intento de destruir Cuba es precisamente este: la destrucción de los símbolos para borrar la memoria. Con el Che intentan hacer lo mismo que con los monumentos a los soldados soviéticos en la Europa que ellos liberaron. Al trabajo de mazas, palancas y bulldozers le precede un enorme trabajo de la prensa. No hay vileza que no se haya escrito sobre el Che en Occidente y que no haya sido traducida y reproducida con servilismo en los medios postsoviéticos. Porque él sigue infundiéndoles miedo.
Con su vida y su muerte, Ernesto Guevara violó todas las reglas que se imponen al mundo de hoy a sangre y fuego. Si alguien llegara a preguntarse qué es la ética, la mejor respuesta se podrá encontrar en su biografía.
Hace 98 años nació uno de los hombres más felices, que supo hacer norma para sí mismo lo que algún día necesariamente será norma para todos.