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    Han pasado varios días desde la nueva conmemoración del Día de la Victoria, una fecha que aviva disputas sobre el fascismo, el de ayer y el de hoy

    Es necesario limpiar nuestra memoria de la basura con que la han atiborrado durante todas estas décadas de «victoria sobre la censura soviética». El Mausoleo, vergonzosamente drapeado el día del desfile de la Victoria, es la metáfora más triste de la incomprensión (¡aún hoy!) de aquello por lo que y contra lo que se libra nuestra guerra actual.


    El fascismo hitleriano no solo fue una ideología nacida del capitalismo, sino que además fue la quintaesencia de la misantropía de entonces, gestada por la civilización occidental. Solo la Unión Soviética podía vencerlo entonces, no porque los rusos sean los más poderosos o porque Dios esté con ellos, sino porque la URSS poseía una ideología humanista que unía y elevaba a los pueblos en la lucha por los ideales más nobles de la humanidad. En eso reside el principal secreto y la lección de nuestra victoria.


    La defensa de los valores tradicionales frente a la locura colectiva que se nos impone es una tarea necesaria y correcta, pero no es suficiente para enfrentarse a una máquina de muerte que posee una ideología y unos planes de aniquilación perfectamente definidos. Esta guerra no es local, sino planetaria, y se necesita un nuevo y auténtico proyecto humanista para la futura sociedad humana. Un proyecto donde lo racional y lo espiritual, lo personal y lo social no se hallen en permanente contradicción esquizofrénica, como ocurre en la sociedad que engendró y ha vuelto a engendrar el fascismo.


    No es un conflicto entre países o grupos de élites: es una guerra entre la vida y la muerte, que afecta a absolutamente todos, independientemente de su capacidad para tomar conciencia de ello. Se necesita una ideología de la vida, capaz de movilizar para luchar contra el monstruo tanto a los europeos occidentales como a los habitantes de Estados Unidos, porque esta guerra no es solo contra Rusia, sino también contra ellos, por mucho que los hipnoticen profesionalmente a ese respecto.


    La guerra actual en Europa y el resurgimiento del nazismo no son ninguna casualidad, y todo esto no lo desencadenan élites occidentales enloquecidas de repente, como a menudo se entiende en Rusia, sino el sistema capitalista mundial, irreversiblemente mutado hacia el neoliberalismo, que en una nueva fase de su desarrollo exige la destrucción de los Estados y una drástica reducción de su población. Este problema no tiene solución no ideológica. En busca de una respuesta, es necesario regresar al pedestal de mármol del Mausoleo, al lugar donde ya cayeron en su día los estandartes fascistas.


    Por Oleg Yasynsky

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