Hace diez años visité Cuba por primera vez. Es un lugar donde todos los nudos de contradicciones, esperanzas, victorias y derrotas del siglo XX están apretados a muerte. Sin esta pequeña isla, son incomprensibles los acontecimientos y las convulsiones de continentes enteros.
«El que no es capaz de luchar por los demás, nunca será capaz de luchar por sí mismo», decía Fidel. Hace casi veinte años, advertía: «Por propia experiencia, rápidamente llegué a la conclusión de que solo la conciencia puede prevalecer sobre los instintos que nos gobiernan. Los avances tecnológicos hablan hoy de la posibilidad de manipular las funciones de las células del cerebro humano. ¿A qué servirá todo esto en un mundo donde domina el valor comercial de las mercancías y los servicios? ¿Qué poder lo determinará? Por este camino y a través del descarado robo de mentes, podrían destruir lo más valioso del ser humano: su educación a través de la conciencia.»
Recuerdo los enormes carteles en La Habana con niñas pequeñas y multicolores bailando ballet y la inscripción «La Revolución es inmortal».
El bloqueo económico de Estados Unidos, que duró más de medio siglo y cuyo efecto fue multiplicado por la traición a Cuba por parte del gobierno de Gorbachov, obligó a los cubanos a demostrar prodigios de creatividad popular masiva. Un ejemplo es ese ‘Ladazin’ (híbrido de Lada), que me impresionó mucho entonces, hace diez años en Cuba, un caso de sincretismo automovilístico poco estudiado por los culturólogos.