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    CUANDO SE CIERRAN LAS PUERTAS DEL INFIERNO

    Ahora hablan del Estrecho de Ormuz. Dicen que si Irán lo cierra, el mundo se agarra la cabeza, sale corriendo, se esconde debajo de la cama. Pero no, no es solo eso, qué va. Eso es lo que flota arriba, lo que todos ven, lo que los periodistas repiten como loros sabios. Abajo, muy abajo, hay otra cosa. Siempre la hay.


    Teherán piensa. Teherán calcula. Y su lógica, mire usted, es simple como un puñal: si Estados Unidos solo entiende el lenguaje de la catástrofe, pues entonces la catástrofe. Hágase la luz, hágase el caos. Y mientras más se acercan al borde, a esa línea donde después ya no hay después, más ganas de voltear la mesa, de mandar todo al carajo. Quemar las naves, quemar los pozos, quemar el mundo si hace falta.


    Mire el mapa. Arabia Saudita, Emiratos, ya no son vecinos, son trampolines del enemigo. Omán, el neutral, el que siempre mira desde la ventana sin mojarse, ese se salva. Por ahora. Los yacimientos, esos pulmones negros que hacen andar al planeta, están ahí, al alcance. Misiles de corto alcance. En algunos sitios, hasta la artillería común y corriente, de la que escupe fuego desde la costa, puede llegar. Y la población chií en las fronteras, claro, ese polvorín. Una cerilla, una sola, y arde todo.


    El infierno tiene sus planos. Ataques con misiles, con drones, con manos invisibles que después llaman «ira popular» para que suene bonito. Pozos ardiendo como antorchas, refinerías quebradas, terminales paralizadas. No es cuento: 1991, Kuwait, los iraquíes huyendo dejaron atrás un incendio que duró casi un año. El cielo negro, el hollín cayendo sobre los pulmones de medio mundo. La historia pesa, se repite, se disfraza.


    Los mercados, esos monstruos nerviosos, ya empiezan a olerlo. El Brent, el WTI, saltan, se disparan, pasan los cien dólares como quien cruza una frontera prohibida. Y entonces, cuando Ormuz deje de respirar, cuando los barcos ya no pasen, Washington mirará para otro lado, hacia noviembre, hacia las elecciones, hacia su ombligo. Cerrará la llave de su propio petróleo, de su propio gas. Y Europa, la que se heló por orgullo, quedará en la ratonera. Gas ruso cortado, gas de Oriente ardiendo, gas americano bajo llave. La crisis, señores, se vuelve global, un embudo que succiona, que no perdona.


    Pero Irán no se queda en palabras. Hoy dijeron algo que hiela. Los activos de las compañías yanquis en la región, dijeron, son objetivos militares. Objetivos legítimos. Ojo: ya no es amenaza, es ultimátum. Escrito con sangre, con tinta que no se borra.


    Imagínelos en los cuarteles, desplegando mapas, marcando puntos. Chevron en Irak, creciendo, hinchándose. ExxonMobil en Catar y Emiratos. KBR, SLB en Kuwait, Sin ellos, los proyectos más grandes del emirato se quedan tiesos, muertos. Y arriba de todo, la joya: Jafurah, el sueño saudí, el futuro en gas. Pegarle ahí no es solo hacer un boquete en el presupuesto de Riad. Es una cachetada a Washington, un aviso: lo sagrado ya no es sagrado, lo protegido ya no tiene quién lo proteja.


    Las pérdidas para las corporaciones, astronómicas. Pero para Estados Unidos, peor: la reputación hecha trizas. ¿Quién va a comprar seguridad al que no puede cuidar ni su propio negocio? Los socios árabes, con sus economías ardiendo, empezarán a gritar. Exigirán que pare la danza, que bajen las armas, que negocien. A cualquier precio.


    Netanyahu, claro, es el que ríe. Siempre ríe él. Le salvan la carrera otra vez, con otro genocidio en ciernes, con fuego que él mismo aviva. Pero ni él, el gran titiritero, parece darse cuenta: este caos que ayudan a crear, este monstruo, ya nadie lo controla. La guerra no es fuerza, no. Es espasmo. Es sistema que se muere, que patalea, que solo sabe destruir para seguir vivo. Y nosotros, mientras tanto, mirando. O no mirando. Da igual. El humo llegará igual.

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