Cuanto más pienso en el mito soviético o ruso sobre la intelligentsia, más obvio resulta que los equívocos respecto a las supuestas cualidades morales y/o espirituales especiales de la capa intelectual son un fenómeno mundial, y forman parte de la construcción geométrica de cualquier vertical de poder, donde a la cúspide, entorpecida por las riquezas y los privilegios, siempre le resulta más cómodo apoyarse en la blanda capa de talentos cortesanos —de la pluma, el pincel o el monitor— leales y bien alimentados por ella. Incluso los «disidentes» producidos por este espacio son procedentes de la nomenklatura de los «amos de las conciencias», creada y educada por el poder; por eso llevan tan a menudo en sí mismos rasgos exacerbados de aquello contra lo que llaman a luchar.
Creo que la auténtica sabiduría y conciencia son inalcanzables mediante ejercicios puramente intelectuales o espirituales. Para el desarrollo pleno del ser humano es necesario que, al menos de vez en cuando, se dedique a algún tipo de trabajo físico; de lo contrario, el mundo con sus leyes y su sentido se vuelve incomprensible.
Las mentes más profundas y luminosas las he encontrado entre campesinos e indígenas de México y Colombia. Entre personas cercanas a los procesos y ritmos naturales de la tierra, que preservan en nosotros los fundamentos del sentido común. Entre aquellos seres humanos a quienes más difícil resulta manipular. Entre aquellos a quienes, por tanto, con mayor frecuencia se destruye en esta guerra del neoliberalismo contra la humanidad, y cuyos nombres nunca serán nombrados por la prensa.