Trabajar sobre los éxitos no es menos importante que trabajar sobre los errores. Si esta increíble victoria electoral conduce a la autosatisfacción colectiva y a otro cuatrienio de dormirse en los laureles, sin duda se convertirá en una derrota.
El trabajo sobre los éxitos debe comenzar con preguntas incómodas: simples y complejas.
Las más simples: ¿por qué en los tres mandatos presidenciales anteriores de Lula el Partido de los Trabajadores no logró ningún cambio cualitativo en la conciencia de los brasileños, para que el país no siguiera dividido prácticamente en dos, para que en cada elección hubiera que luchar por cada voto? Si el proyecto supone cambios sociales profundos en interés de la mayoría, ¿por qué, aparte de los éxitos en la lucha contra la pobreza extrema, la distribución de subsidios y algunos logros en la democratización de la cultura, los gobiernos de Lula nunca pudieron cambiar nada más en la sociedad? Y lo más obvio: si el proyecto es colectivo, ¿de dónde viene esta completa ausencia de alternativa política a Lula durante tantos años, por muy experimentado y respetado que sea como político? Al término de su nuevo mandato presidencial tendrá 85 años. No creo que sea él quien personalmente se aferre al poder; así funcionan los mecanismos primitivos de sistemas políticos obsoletos que hoy fallan cada vez con más frecuencia. El líder histórico de la Revolución Cubana, a pesar de décadas en el poder, comprendió bien e intentó resolver este problema. Creo que el problema aquí no es la alternancia o no alternancia del líder (ese tema favorito de las manipulaciones «democráticas» es lo que menos me preocupa), sino las leyes de la naturaleza: yo soñaría con tener fieles en el poder siempre, pero en la historia son contados, y las personas no solo son mortales, sino que incluso envejecen. Estas son las más simples de las preguntas.
Ahora, sobre lo más complejo. La derrota del candidato trumpista en el país más grande de América Latina es magnífica, pero mientras la alegría no nos haya privado de los restos de la razón, hay que recordar que en la derrota de Bolsonaro no solo estaban interesadas las organizaciones de trabajadores y las fuerzas de izquierda. El Partido Demócrata de EE. UU. y sus aliados europeos y latinoamericanos también celebran la victoria de Lula. No creo que les preocupe la salvación de la soberanía de Brasil o la lucha contra el fascismo. América Latina para ellos es exclusivamente un terreno de lucha entre distintas variedades de imperialismo: el hipócrita, como el suyo, y el cínico, como el de Trump. Ellos también están por la «doctrina Monroe», el bloqueo a Cuba y el «patio trasero de EE. UU.», pero al mismo tiempo hablan de «libertades civiles», «derechos humanos» y «defensa de la independencia» de otros países. Incluso les gusta criticar a Israel y la dictadura de Pinochet, olvidando, eso sí, que son productos de la política de sus gobiernos. Muchos de sus representantes tienen buenas relaciones personales con Lula y no tengo dudas de que se esforzarán mucho por utilizar su victoria para sus propios fines. No les falta experiencia en ese tipo de cosas y sus rostros son difíciles de distinguir entre las máscaras del carnaval brasileño.
Con todo el respeto hacia Lula, el nombre del principal y verdadero vencedor de las elecciones presidenciales de ayer es el pueblo brasileño. Y por eso es muy importante que mañana nadie le arrebate esa victoria. Y sobre la victoria siempre hay que trabajar.