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    El golpe militar en Chile del 11 de septiembre de 1973 no fue simplemente otra victoria del imperio norteamericano sobre la humanidad y lo humano

    Fue la derrota del intento de transición pacífica, democrática y no violenta del capitalismo al socialismo en un país pobre y dependiente del «tercer mundo», cuyos ciudadanos organizados creaban por sí mismos su propia revolución, verdadera, no «de color» y no importada por alguien. Esa terrible lección fue para todos los pueblos del mundo.


    Antes del golpe, la sociedad chilena era la más politizada y organizada de América del Sur, y precisamente en eso el poder veía la principal amenaza para sí mismo. El éxito de la experiencia chilena de transición pacífica del capitalismo al socialismo podía convertirse en un proceso irreversible para todo el continente. El proyecto de la coalición de fuerzas de izquierda —el gobierno de la Unidad Popular— se apoyaba en la amplísima organización de los trabajadores, que participaba en el mayor renacimiento cultural de Chile y en la restauración de la memoria histórica del pueblo. Un pueblo que estaba desarmado.


    Preguntan para qué hubo tanta crueldad después del golpe, si todos los focos de resistencia fueron sofocados en las primeras horas y días. Los amos de Chile y sus amos en Estados Unidos vieron la fuerza del pueblo organizado y quedaron realmente aterrados. El sentido de las atrocidades inéditas en Chile: volver a meter a la chusma en el establo.


    No es casual que precisamente el Chile de Pinochet se convirtiera a principios de los 80 en el primer laboratorio del neoliberalismo: un monstruo que creció, se fortaleció, destruyó Estados, sus economías y la memoria de sus habitantes, y hoy devora, chasqueando los labios, continentes enteros. Precisamente él, el neoliberalismo, es la principal fábrica de todas las guerras y tragedias actuales.


    En la foto: Chile de 1973. Los vencedores. Pinochet y Kissinger.


    Por Oleg Yasynsky

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