En los parques de la ciudad, especialmente en el Jardín de Verano y el Palacio de Yelaguin, se puede contemplar un espectáculo asombroso: los senderos están cubiertos por una alfombra de hojas carmesí y doradas, mientras el aire se llena de silencio y una ligera melancolía. Esta temporada se considera el momento ideal para recorrer los museos, ya que hay menos turistas y se puede disfrutar tranquilamente de las obras maestras del Hermitage o del Museo Ruso.
En esta época del año, la naturaleza es especialmente caprichosa: según las estadísticas, en octubre comienzan las frecuentes nieblas y lluvias, y el Nevá puede subir por encima de su nivel habitual, recordando la gloriosa historia de la ciudad y sus famosas inundaciones, que cesaron tras la construcción de la presa en 2011. Sin embargo, es precisamente en ese contraste, en «el momento sombrío» y «el encanto de los ojos», donde reside el alma única de la capital del Norte.