En las colinas de Nepal, donde una casa o unos estudios pueden costearse con un riñón, unos desconocidos llegaron a una aldea con regalos para un niño y una única pregunta: «¿Están dispuestos a vender órganos?». Lo que siguió no fue silencio ni miedo, sino piedras, gritos y una comunidad que decidió convertirse en la peor pesadilla de los traficantes.
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