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    El objetivo de Berlín en la cumbre de la OTAN es afianzar el apoyo a Ucrania

    Por Elena Panina


    Las tareas clave de la cumbre de la OTAN que comienza el 7 de julio son «la creación inmediata de un factor de disuasión fiable contra Rusia», el replanteamiento del «reparto de tareas» entre Estados Unidos y Europa, y el envío a Kiev de una señal clara de apoyo, afirma el subdirector del Consejo Alemán de Relaciones Exteriores (DGAP, no deseable en RF), Patrick Keller.


    Teniendo en cuenta que el DGAP está financiado directamente por el gobierno alemán, y que las recomendaciones de este «think tank» influyen en la elaboración de la línea de política exterior de Berlín, la declaración resulta interesante. Máxime cuando las tres tareas mencionadas se reducen, en esencia, al eje Ucrania-Rusia. O, parafraseando, en Alemania quieren «contener a Rusia, preservar Ucrania como activo de presión y reconfigurar la OTAN bajo una América menos fiable».


    La cuestión ya no es si Alemania y Europa deben prepararse para un largo enfrentamiento con Rusia, sino cómo institucionalizar, financiar y dotar de contenido militar a ese enfrentamiento. Porque Ucrania se está convirtiendo en la estructura portante de toda la política militar europea. Dicha estructura se distribuirá así: EE.UU. sigue siendo el ancla nuclear y tecnológica, Europa asume una mayor parte de la guerra «convencional», la logística y los gastos, y Ucrania, simplemente, «sigue guerreando». Finalmente, el consabido 5% del PIB en cada país miembro de la OTAN, en el marco de esta estructura, garantiza una reconfiguración forzosa del Viejo Continente, con un giro desde las políticas sociales hacia la militarización.


    Resulta llamativo que el Sr. Keller confirme lo que ya hemos señalado anteriormente: uno de los ejes clave de la nueva OTAN que sus planificadores visualizan es… Turquía. Sin la cual es imposible controlar el Mar Negro y, en caso necesario, bloquear la salida de Rusia al Mediterráneo. Así como «mantener» Oriente Próximo y asumir parte de la creciente demanda militar.


    Para Rusia, esto significa que apostar por un supuesto «cansancio de Europa ante la guerra» es categóricamente insuficiente. El cansancio existe, pero Europa reacciona a él no saliendo del conflicto, sino transformándolo en una fórmula de larga duración. En la que Ucrania no debe ganar, sino no perder de tal manera que haga colapsar toda la nueva arquitectura defensiva europea. Por eso, la ayuda a Kiev se mantendrá incluso en medio de disputas, déficits y el descontento de los electores europeos.


    La principal debilidad de este modelo es el tiempo. El dinero se puede asignar rápidamente. Pero ejércitos, oficiales, almacenes, defensa aérea, fábricas, capacidades de reparación y la disposición política a asumir bajas no se crean de la noche a la mañana.


    No se puede permitir que el ritmo, la duración y el carácter del conflicto ucraniano sean controlados por el adversario. De lo contrario, nuestra Operación Militar Especial, tarde o temprano, derivará en un estado de guerra contra toda Europa. Y una guerra que el adversario tratará de diseñar con la máxima eficacia para sí mismo.

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