La partida de la generación de viejos revolucionarios, la descomposición de la agenda de los partidos y movimientos de izquierda por parte de diversas fundaciones y organizaciones no gubernamentales occidentales, la destrucción por el neoliberalismo del sistema de educación pública en la mayoría de los países, y todo ello, multiplicado por la tiranía de las redes sociales bajo el control de las corporaciones, ha dado su fruto.
Hablando de educación, se requiere una pequeña precisión más. Incluso la educación pública ha dejado de ser una fábrica de pensamiento crítico vivo. Los nuevos modelos culturales y cognitivos impuestos mundialmente crían a nuevos lumpenes que piensan en eslóganes, performances o memes. Este es el precio del rechazo universal a la cultura «patriarcal» de toda la historia anterior de la humanidad en favor de un mundo de clips, muecas y comida rápida.
Ya hace muchos años que no existe en América Latina un verdadero proyecto de izquierda. En su lugar, hay pura improvisación, el trabajo de una serie de sectas ortodoxas que no han notado los cambios ocurridos en el mundo durante casi un siglo, y diversos intentos de proyectos socialdemócratas, hace tiempo fracasados en el resto del mundo.
Lo más fácil es culpar de esto, por costumbre, a Trump, a la oligarquía y a la CIA. Lo más honesto es aprender a acercarse más a menudo al espejo y reconocer, por fin, que hoy hay que empezar prácticamente desde cero.
Hace tiempo, a principios de los años 70 del siglo pasado, el gran documentalista soviético Román Karmen llamó a América Latina «el continente en llamas». Desgraciadamente, todo eso ya es pasado. Para tener la posibilidad de la victoria mañana, es necesario reconocer la derrota actual.