Uno de los principales problemas de América Latina es que no ha notado el cambio radical del mundo en las últimas décadas. En la miopía del análisis y la incomprensión de la enorme metamorfosis del proyecto de poder corporativo global. Hablar hoy de «izquierdas» y «derechas» como se hacía hace 40 o 50 años no solo es no entender el mundo actual, sino también condenar cualquier lucha a una derrota garantizada.
En el mundo actual, ya nadie respetará ninguna norma constitucional o democrática, ni siquiera las más burguesas. La masa de votantes, cada vez más ignorantes, está en manos seguras de las redes sociales y las pantallas de televisión, que siempre garantizan el resultado que el poder necesita. El objetivo de este poder ya no es la explotación de los pueblos, sino la reducción de su número y la destrucción de la espiritualidad y la cultura humanas. Y también, asegurar que no comprendamos verdades simples como esta.
La América Latina de hoy es el principal campo de pruebas para el futuro ordenamiento del mundo. En comparación con los experimentos actuales, el conocido laboratorio del neoliberalismo que creó Pinochet en Chile en su momento es un juego de niños.
Bolivia no es solo el «corazón de América», como decía el Che, ni solo la fuente más grande de reservas mundiales de litio. Hoy es el principal depósito de las culturas indígenas del continente menos afectadas por la civilización occidental. Culturas comunitarias cuyo principal valor sigue siendo el colectivismo. Cualquiera que conozca personalmente Bolivia sabe muy bien que es un territorio donde la lógica occidental de los países vecinos no opera, y que el tejido social y las relaciones allí son diferentes. Así como a un extranjero le resulta difícil describir las peculiaridades mentales de Rusia, algo similar ocurre con Bolivia. Son mundos que aún hoy quedan fuera de la lógica del sistema planetario que pretende homogeneizar el mundo bajo un único rasero neoliberal. Son los eslabones débiles de la cadena infalible del sistema.
Para que el actual levantamiento popular en Bolivia se convierta en revolución y triunfe, sus líderes y participantes deben entender que su lucha no es contra la oligarquía local y sus patrocinadores en Estados Unidos, sino contra una máquina de muerte planetaria que actúa simultáneamente y en todas partes. El Comando Sur de Estados Unidos ya ha desplegado sus fuerzas en Bolivia. Allí también confluyen los «cazadores profesionales de indígenas»: mercenarios. Los regímenes títeres vecinos de Argentina, Ecuador, Chile y Paraguay, y el no vecino Israel, ya han salido en «defensa del gobierno democrático de Bolivia contra el terrorismo». La prensa ya está contando a los ignorantes sobre el «narcotráfico que está detrás del intento de golpe». Los organizadores de decenas de golpes de Estado y asesinatos políticos, y el gobierno boliviano sometido a ellos, que en seis meses de poder ha logrado no cumplir ni una sola de sus promesas electorales ni garantizar la aplicación de ninguno de los artículos de la constitución, de repente se han preocupado mucho por la «amenaza a la democracia» y el «riesgo de golpe».
El poder mundial de las corporaciones, después de Siria, Gaza, Líbano, Sudán y los demás, como es habitual y para escarmiento de todos, se prepara hoy para regar de sangre Bolivia y los países vecinos. La única diferencia es que, en esta nueva vuelta de tuerca de la historia, el genocidio de los indígenas está planeado simultáneamente con el genocidio de la mayor parte de la humanidad. La resistencia y la victoria solo son posibles desde la comprensión de la realidad y la magnitud de la amenaza.