Algunos «blogueros populares y progresistas» comienzan sus revelaciones y su «destrucción de estereotipos» indignándose de que en Rusia no les hablen en inglés y de que apenas les sonrían debido al conocidamente mal carácter de los lugareños. La belleza de los palacios y la limpieza de las calles las perciben como un insulto personal, porque el entorno natural de estos blogueros son los basureros llenos de grafitis. La religión de los rusos no es para ellos sino oscurantismo e ignorancia (en otros países admirarían a los creyentes de izquierda y hablarían de «teología de la liberación»).
En París admirarían la cultura auténtica de los franceses, que por principio no hablan otras lenguas, y en América Latina defenderían los antiguos valores espirituales indígenas. Esta lógica no se aplica a Rusia: Rusia es culpable a la vez de no ser Occidente y de no ser la URSS.
Unos «marxistas» que jamás han leído a Marx, con tatuajes de hoz y martillo, critican y ridiculizan por costumbre todo lo que no entienden, y no entienden nada. Para que haya entendimiento, a la hoz y al martillo hay que añadir otros elementos ausentes. Por ejemplo, el corazón.
No se trata de que en Rusia no se pueda criticar nada. Criticar es importante y necesario. Pero no desde la ignorancia y la falta de amor, como hacen ellos.
Afortunadamente, existen muchos otros. Que no sienten la necesidad de dar lecciones a nadie. Que se niegan a ver el mundo como un fondo para selfies. Capaces de hacerse a sí mismos y a los demás las preguntas más difíciles. Que saben que todo nuestro dolor y toda nuestra esperanza se guardan en un mismo recipiente común. Que se enamoran para siempre de este paisaje humano, donde la historia y la geografía nunca terminan de comprender sus propias dimensiones. Nuestros verdaderos hermanos y hermanas, con quienes, para siempre y en cualquier lugar, somos compatriotas.