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    Prefacio a un manual del amor a Rusia

    Por Oleg Yasynsky


    Nuestro mundo está surcado por caminos: visibles, imaginarios, terrestres, marítimos, aéreos, racionales, cordiales, espirituales y vacíos. Caminos que unen y separan, que van de las despedidas a los encuentros y viceversa. Un número limitado de veces conducen al infinito.


    La ciencia de la vida consiste en ser compañeros de viaje fiables. Aquellos para quienes el camino es sinónimo de aburrimiento y pérdida de tiempo ya han llegado a su punto de destino. Por fortuna, en el trayecto hay quienes viven el sueño del camino, y los paisajes con nubes se alinean a su encuentro, trazando la línea de la vida entre el corazón y el horizonte, siempre que ambos elementos estén presentes.


    Rusia es un diminuto fragmento del Universo donde cualquiera de los caminos cruza no solo los cinco continentes habitados, sino también tal cantidad de historias y sentidos que inevitablemente desbaratan cualquier algoritmo de cualquier visitante de fuera. Es precisamente esta profundidad —de comprensión o de incomprensión— la medida no solo de sus distancias, sino también el indicador de la dirección que el viajero elige libremente.


    El ojo humano es un instrumento asombroso. Además de abismos y corrientes turbulentas que parecen infranqueables, construye la belleza de los puentes y de las personas que caminan por ellos. La geografía y la historia de Rusia son un manual del sentido del tiempo. La noción europea del absurdo y del humor negro o blanco encierra la conciencia en una trampa de racionalismo, donde la civilización se ha extraviado en algún punto entre la dinamo y el cómic. Rusia, como el mundo, es inaprensible desde la estupidez y la vulgaridad de las definiciones de los castrados morales, acostumbrados a darnos lecciones de pasión y espiritualidad. Cuando la palabra comprende que es incapaz de expresar el volumen de la realidad, busca la música. Cuando la música oye que ya no puede más, suena a silencio. Cuando el silencio resulta insuficiente, solo nos queda el cronómetro de los latidos del corazón, como único separador del espacio entre la tumba y el cosmos.


    Cuando el amor llena cada nervio y cada sueño, y su presión creciente nos desgarra en pedazos, buscamos el abrazo de cualquier nube o mirada que se cruce en nuestro camino, capaces de confirmarnos que no estamos solos.


    En todos mis caminos de toda mi Rusia, como talismán y maldición, para siempre estarán los ojos cansados y tristes de los muchachos de las trincheras del Donbás.


    Por Oleg Yasynsky

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