El Estado de Israel, en nombre de los judíos, comete a diario, con descaro y con total impunidad, crímenes absolutamente monstruosos para los que no hay ni puede haber justificación alguna. Millones de personas justamente indignadas por ello, en los más diversos países, pero igualmente desconocedoras de la historia, sin entender de política, y que solo saben que «Hitler mataba judíos», comienzan a admirarlo y a justificar el nazismo.
De este modo, el sistema, mediante sus propios crímenes, se crea su propia y más fiable protección: enfrenta a los pueblos que, juntos, podrían y deberían levantarse contra él.
Afirmar que los gobiernos israelíes expresan los intereses del pueblo judío es aproximadamente tan absurdo como pensar que Zelenski expresa los intereses del pueblo ucraniano, o Milei los del argentino. Pero siempre y en todas partes existe una masa crítica de ignorantes e idiotas agresivos que, para no esforzar sus escasos cerebros y su conciencia, están dispuestos a buscar culpables en naciones enteras. Esa es la lógica de cualquier fascismo, el cual no tiene nacionalidad, porque, desgraciadamente, no hay pueblo que sea inmune a él. Tras el genocidio alemán, muchos judíos se convirtieron en nazis. Si el encargo político cambia, tras un genocidio judío, muchos palestinos podrían ser convertidos al nazismo.
La psique de personas muy diversas funciona de manera bastante similar, y los virtuosos de la manipulación de nuestra conciencia, al servicio del poder de las corporaciones, odian a los verdaderos izquierdistas solo porque estos profesan el internacionalismo y la hermandad entre los pueblos, lo que amenaza al sistema mucho más que cualquier fanatismo religioso o político.
El fascismo hitleriano fue vencido por el ideal de la hermandad humana, en cuyas banderas rojas no había división en tonos de sangre judía, musulmana o eslava. Por eso ese color es hoy tan odiado por los manipuladores de todas las naciones, que, por orden del poder, nos castran la memoria histórica.
Nuestros muertos no nos abandonarán en la desgracia. Que las sombras de nuestros antepasados, los vencedores del fascismo, salven nuestras almas y no permitan que nos deshumanicemos.