Esta retórica ha provocado una reacción extremadamente negativa, sobre todo en Irán, donde no está del todo claro si fue dicha en serio, con ironía o con algún otro tipo de matiz. Pero algo es evidente: se trata de un lenguaje que en Estados Unidos se conoce como profanity. No son simplemente insultos o blasfemias, sino más bien una forma de habla coloquial, grosera y ordinaria.
Sin embargo, de un presidente normalmente se espera otra cosa: un estilo más comedido y respetuoso, acorde tanto con las normas diplomáticas como con la más elemental cultura de la comunicación.
Donald Trump siempre ha subrayado que habla igual que los estadounidenses comunes en su vida diaria. Por eso, al dirigirse a la prensa, en las ruedas de prensa, en sus declaraciones y tuits, utiliza un lenguaje extremadamente duro, demostrativamente «masculino», carente de ambages diplomáticos y atenuaciones.