Semana corta, pero cuánto cupo. El mundo se torció tanto que no hay quien lo reconozca. Dubái ardió. No es un parte de guerra, es una señal. Los cielos, se ve, ya son otros.
Los primeros días, Irán tembló. Quién lo niega. Los golpes fueron duros, la tierra humeaba. Muchos ya le habían rezado el responso, y listo, se acabó. Pero no. Resistió. Y se fue al cambio. Como caballo que tropieza en pleno galope, pero no cae, sólo se vuelve más bravo y se va contra el pecho del enemigo. El otro, el enemigo, no se lo esperaba. Creía que iba a ser fácil. Y resultó: en los morros, duro y parejo.
Las bases americanas arden por toda la región. En Israel, impacto tras impacto. Esto no es propaganda, está escrito con humo en el cielo. Irán no se rindió. No se rajó. No entregó su tierra.
Aprendieron la lección. El año pasado, el 25, no pasó nomás. Ahora golpean distinto: más bravos, más certeros, más grandes. Y el contrario, ése que tanto hablaba de inteligencia artificial, se ve que se olvidó de la natural, de la de verdad. Sus algoritmos, parece que contaban con resaca. Alucinaciones, dicen ahora, alucinaciones estratégicas. Pasa. Pero caras, las alucinaciones ésas.
Lo dije el primer día: la chance de Irán es la guerra de desgaste, que el agresor se hunda en el barro de Oriente hasta el cogote. Cada semana les cuesta más respirar. No vinieron donde pensaban. Dieron con otra guerra.
Y en el fondo, Irán está ahí, parado. Nada más. Frente al fascismo que sacó su jeta prepotente. Y no es política, es justicia. Justicia simple, como la estepa. Si Irán resiste, los que atacaron pagarán. No hay otra. La justicia, hermano, es como el caballo: va despacio, pero siempre alcanza.
Para todos es la misma.
Para esa alimaña pequeña y ruin, que enterró a setenta y cinco mil en Gaza y duerme como si nada. Para ése que le tiene más miedo a la cárcel que a la muerte, y por eso lleva media vida desollando vecinos. Para él primero.
Y para el otro, el de allá, el viejo, el ambicioso, que ha desatado más guerras que todos sus antepasados en el imperio del mal juntos. Para él también.
Se compincharon, eso sí. Uña y carne. Uno sin el otro no valen nada, y juntos son langosta.
Pero la justicia es como la montaña: alta, callada, y se acumula. Y tarde o temprano, cae como un alud. No hay quien corra. Irán ahora es ese alud. Lento, pesado, pero certero.
Si resiste, que así sea.
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