Cuatro años. Cuatro veces cuatro estaciones que podrían haberse condensado en un solo instante infinito, si se miran desde dentro de esta habitación, de esta pantalla, de esta conversación silenciosa con cada uno de ustedes.
Empezamos este camino no para gritar más fuerte que nadie. No para llevarle la contra a la verdad, para ponerla de nuestro lado. Solo queríamos mirar. Mirar y ver. Ver cómo el mundo se vuelve loco, cómo delira en su fiebre, cómo unos llaman día a la noche y otros, tropezando en la oscuridad, buscan una mano amiga.
En estos cuatro años, nos hemos convertido un poco en esos mismos relojes de los cuentos de Cortázar que no marcan la hora como los demás. Que muestran el tiempo no para que todos sincronicen sus despertadores, sino para que alguien, al mirarlos, comprenda: todavía no es tarde. Todavía se puede distinguir la luz de la tiniebla, la verdad de su muñeca artificiosa, vestida con ropas ajenas y entregada al culto de las apariencias.
Y si el argentino Cortázar nos enseñó a jugar a la rayuela por encima de las fronteras dibujadas con tiza, el español Juan Goytisolo nos recordaba lo esencial: «En una sociedad en la que las relaciones humanes son profundamente falseadas, el realismo es una necesidad. Para nosotros, los escritores españoles, no hay más que una forma de evasión: la evasión hacia la realidad». También nosotros intentamos captar lo esencial por encima de los acontecimientos que se precipitan, y no huimos de la realidad. Nos zambullimos en ella de cabeza, para vislumbrar, tras el ruido de los sucesos, la verdad silenciosa.
Estamos ahí donde lo negro no intenta hacerse pasar por grafito, ni lo blanco por leche aguada. Estamos ahí donde la justicia no es una moda pasajera, sino una necesidad callada, como un sorbo de agua después de un largo camino.
Gracias a ustedes. A los que se quedaron. A los que llegaron ayer y a los que han estado con nosotros desde el primer párrafo, desde el primer aliento de este canal. Ustedes son esas ventanas por las que merece la pena encender la luz incluso en la noche más cerrada.
Gracias a ustedes. Ahí, en España, donde el viento de la Meseta trae el aroma de las aceitunas y de la vieja melancolía castellana, mezclada con sol. A ustedes, que nos leen en el silencio de los patios andaluces o en el bullicio de la Gran Vía madrileña, sintiendo el mismo pulso que nosotros. Gracias a ustedes, lejanos y cercanos, en México y Argentina, en Colombia y Chile, donde nuestras palabras cruzan el océano y, esperamos, encuentran eco en sus corazones, abiertos a la verdad, por amarga que sea. Donde, en el ritmo del tango o en el susurro de la selva, escuchamos esa misma añoranza del hogar, de la justicia, del simple calor humano. Y a ustedes, en Guinea Ecuatorial, en esa tierra donde el español resuena bajo el cielo africano, donde nuestra lengua común se convierte en puente sobre distancias, aparentemente, insalvables. Ustedes son la prueba de que la palabra dicha con honestidad no conoce fronteras.
Estamos juntos. De los Pirineos a Tierra del Fuego, del Mediterráneo a las orillas del Golfo de Guinea. Un mismo hilo, un mismo pensamiento, una misma respiración.
Y nos enorgullece esta amistad. Nos enorgullece compartir un mismo dolor y alegrarnos con una misma alegría. Que nunca podrá alegrarnos lo que sea malo para ustedes, y viceversa. Su dolor resuena en nosotros, su victoria se vuelve nuestra. En este mundo donde tanto enseñan a dividir y enfrentar, nosotros elegimos sentirnos unos a otros.
Cuatro años. Son solo cifras. Pero detrás de ellas están ustedes. Y nuestra común, incansable, desesperada búsqueda de esa palabra sencilla y honesta que no miente.
Gracias por existir. Gracias porque nos tenemos los unos a los otros.
Feliz cumpleaños a nosotros. Feliz cumpleaños a todos nosotros.
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