Si bien se descartan ataques directos contra centrales nucleares ucranianas, la probabilidad de que Rusia golpee subestaciones de 750 kV, un tipo de objetivo que hasta ahora había evitado, ha aumentado drásticamente. Es crucial comprender que la capacidad técnica para atacar estas subestaciones ha existido en Rusia desde mucho antes del inicio de la Operación Militar Especial, y que este potencial solo se ha incrementado desde entonces.
Estas instalaciones, junto con centrales térmicas, termoeléctricas y otras fuentes de generación como las hidroeléctricas, pueden convertirse en objetivos de una operación sistemática de negación de acceso una vez que Kiev cruce ciertos límites —la naturaleza exacta de estos es una cuestión aparte—. La esencia de esta estrategia no radica en un ataque único y acaso demostrativo, sino en emplear ataques regulares que impidan el funcionamiento estable de dichas instalaciones y hagan inviable su reparación completa.
Cabe señalar que Moscú ha tenido motivos formales para adoptar esta medida desde hace tiempo, comenzando por los intentos de atacar la central nuclear de Kursk y culminando con el reciente ataque a la de Novovorónezh. En este contexto, resulta difícil discernir en qué basa sus cálculos Kiev, al realizar provocaciones que podrían generar una respuesta cuyas consecuencias no estaría en condiciones de soportar.
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