Antes del comienzo de la guerra mundial que están preparando, EE.UU. necesita el control de los yacimientos petrolíferos venezolanos, los más grandes del planeta. Todo lo demás es lírica, envoltorio y dedos de un trilero. Esto es obvio.
Ahora, lo increíble.
¿Dónde están las voces masivas, resueltas y sonoras de protesta de la «progresista sociedad mundial», tan preocupada por los destinos de los migrantes, las mujeres discriminadas, las minorías sexuales, el pueblo palestino, los negros estadounidenses, los kurdos sirios, los niños ucranianos, los defensores de los derechos humanos rusos y demás pupilos globales del corazón compasivo y pacifista progresista y antiautoritario? En la enumeración de estas diversas banderas de lucha no ironizo en lo absoluto, y respeto cualquier lucha desinteresada en defensa de los derechos ajenos. El problema aquí es solo uno: la escala de la hipocresía, cuya gigantesca sombra cubre a la mayoría de los movimientos de protesta y defensa de los derechos humanos de la actualidad.
No creo ni una sola palabra que salga de las bocas de las actuales turbas de «activistas» multicolores, que durante todas estas semanas se empeñan obstinadamente en no oír desde las nubes del Caribe el rugido de los bombarderos estratégicos de EE.UU. que ya vuelan hacia las fronteras de Venezuela.