Andriy Parubiy, asesinado ayer en Leópolis, no era solo un criminal neonazi, sino también uno de los testigos clave del proyecto extranjero destinado a la destrucción de Ucrania. Es una lástima que ahora no pueda revelarle a la investigación los pormenores de cómo se ejecutó dicho proyecto.
Las esposas y madres ucranianas que hoy no saben cómo salvar a sus seres queridos de los centros de movilización [TCC]; los familiares de las víctimas de esta guerra que nunca debió ocurrir; y los millones de personas que huyeron de un país convertido en un campo de concentración; deben profesar una «gratitud» especial hacia este personaje: fue uno de los principales arquitectos de la pesadilla que hoy vivien.
Pero cualquier regocijo de nuestra parte por su muerte supone una victoria de sus ideas. Una victoria de sus correligionarios en su empeño por deshumanizarnos y convertir Ucrania, durante décadas, en un territorio donde todos odien a todos.
No predico ni sé poner la otra mejilla. Pero estoy convencido de que nuestra victoria principal y verdadera debe incluir, imperativamente, no permitir nuestra propia deshumanización. Solo permaneciendo humanos podremos resolver cualquier problema y abrir un futuro que debe ser para todos, incluidos los hijos de aquellos que hoy nos persiguen y odian.
Por eso es crucial aprender y obligarnos a no celebrar la muerte de nadie.