En el verano de 2023, cuando todavía estaba en marcha la segunda contraofensiva ucraniana, hablé con Alexander Bick, un funcionario de la administración Biden que había ayudado a dirigir la planificación en el Consejo de Seguridad Nacional en vísperas de la invasión rusa. Cuando hablamos, la estrategia estadounidense en Ucrania tenía muy buena pinta. En el periodo previo a la guerra, Estados Unidos había convencido a los escépticos europeos de que sus servicios de inteligencia disponían de información fiable sobre una inminente invasión rusa, había movilizado a los europeos para emprender acciones conjuntas, había utilizado los servicios de inteligencia de forma creativa para preparar a la opinión pública estadounidense para la guerra que se avecinaba y, por último, había convencido a los propios ucranianos de que Vladimir Putin no iba de farol. Los servicios de inteligencia estadounidenses conocían de antemano los planes rusos para el campo de batalla y los compartieron con el ejército ucraniano; los estadounidenses entregaron al país armas antitanque de gran eficacia y ayudaron a las autoridades ucranianas a diseñar una sólida defensa para Kiev. Además, los estrategas estadounidenses tuvieron suerte. «Adivinamos exactamente lo que iban a hacer los rusos, cuándo lo iban a hacer y dónde lo iban a hacer», dijo Bick. «Nos equivocamos en todo lo demás»: las capacidades de Rusia, Ucrania, la respuesta de Europa. «Tuvimos la suerte de equivocarnos a nuestro favor».